He aquí un cuentito lleno de los sonidos y olores de México, las sensaciones tan mexicanas que felizmente nos asaltan cada mañana al empezar nuestros días, escrito por una querida amigo mía quien me ha permitido publicarlo aquí.
Así Suena Mi Barrio
Versión en español de The Sounds of My Neighborhood
No hay nada mejor que despertarme en casa. Mi cama calientita y firme me acaricia y aunque parezca increíble en plena Colonia del Valle en Ciudad de México, es el canto de los pajaritos que me despierta a un nuevo día. Y ahí me quedo, tratando de recordar mi último sueño que por más que quiero retenerlo se va deshilando y sale volando por la ventana. Haciendo mi mejor esfuerzo, lo recupero únicamente para sentirlo volar nuevamente, todo deshilachado, abandonándome para siempre. Aunque hay un sentimiento de pérdida y frustración, sé que debe haber sido un buen sueño, pues me despierto con un buen sabor de boca, y lo primero que hago es darme los buenos días llenos de besitos y apapachos que me mantendrán contenta todo el día. Mientras hago esto, doy gracias a la vida por este nuevo día, agradezco por tanto amor—por mi salud, mi techo, mi comida—y visualizo con mucha salud a todos aquellos que sé se encuentran escasos de ella, padeciendo algún mal real o imaginario.
Después vienen los escobazos barriendo con un poco de agua para limpiar la calle y me acuerdo de aquellas épocas cuando se abrían las mangueras con gran desperdicio de tan preciado elemento. Ahora no. Se oyen cubetacitos en el afán de que el líquido alcance a limpiar nuestras fachadas.
Pasa Don Lucio tocando puertas y gritando en su clásica voz de pepenador, “¡La basuraaaaa!”…y corro a la cocina a sacar las dos bolsas degradables con sobras orgánicas e inorgánicas que aunque sé terminarán en el mismo tacho, algo del cartón, latas y botellas permanecerá limpio y tendrá su oportunidad de reciclaje.
Me dispongo a hacer el ejercicio calisténico (recomendado por mi doctor) así como un poco de yoga y meditación, escuchando ya sea a mi mentor, Wayne Dyer, a Eckardt Tolle o a Louise Hay, quienes me hablan de esas cosas buenas y bellas que me esperan; así comienzo mi jornada. Luego tengo mi sesión de canto recordando que si Dios tiene cuidado de las aves, de mí sin duda ha de cuidar y a no afanarme por el mañana.
Mientras medito, mi mente regresa tercamente a pensar, o escuchar los ruidos de la calle…ahí pasó un helicóptero. Seguro es del jefe del departamento de transporte que en vez de hacer algo para resolver nuestro famosísimo problema de tráfico defeño, no quiere llegar tarde a su cita y no se puede dar el lujo de atorarse en él. Regreso al silencio y a la nada, para ser interrumpida por el ropavejero que canta su pregón: “Fierro viejo y ropa usada que vendaaannn” que ahora se ha incrementado con: “discos viejos, cedes, devedes, aparatos electrónicos que vendaaannn’. O bien el afilador con su melódica flauta que tan bien conocemos y disfrutamos los que aquí vivimos, aunque nunca afilemos nada de nada. “¡Tamales oaxaqueños…compre sus ricos tamales oaxaqueños!!!” pregón que me hace salivar sólo de pensar en lo ricos que son.
Si es casi la media o la hora, corro a la tele para escuchar la dosis diaria de malas noticias, por si hubiera alguna que me toque de cerca—como la del día de hoy, que a las 8:24 de la mañana hubo un temblor que ni sentí. Seguramente estaba haciendo algunas hamacas para fortalecer mi columna y lo tomé como parte del balanceo. Dejo la tele prendida con el canal francés TV5 como fondo mientras preparo mi desayuno y respiro los primeros hervores del café que me transportan a Paris en automático—claro, todo fríamente calculado.
Tengo una viva memoria olfativa y sonora, por lo que los olores y sonidos traen a mi mente inolvidables momentos vividos, con una gran facilidad. Me acuerdo en Noruega que a cada rato me llegaba un olor fuerte como apimientado que me parecía de lo más agradable. Con el tiempo me di cuenta que venía del mofle de los vehículos y ahora me arrepiento de haberle dado el golpe ¡con tan singular fruición! El olor a las guayabas me remonta a Ciudad Valles, S.L.P., donde una amiga de mi madre me llevó a pasar un verano a mis escasos diez añitos y veo claramente esa casa y veo encima de su refrigerador un frutero con tan perfumada y fragante fruta. O cuando el camotero abre la puerta de su carrito y la leña deja salir su voz por la chimenea y en mi mente puedo saborear un rico camote con leche (sin albur) derretirse en mi boca. Los organilleros me recuerdan invariablemente a mi madre, quien me contaba que estas pesadas cajas venidas de Alemania estaban en proceso de extinción, así como los que las hacían sonar y siempre me decía: “¡Está fácil hacerlos sonar, pero cargarlos, esa es otra historia!” Rebuscaba afanosa en su bolsa alguna moneda para darles y cuando no la encontraba, siempre se disculpaba diciendo: “Aí pal otra…”
Y qué decir de las bandas de pueblo que cuando uno menos se las espera y está en su casa en santa paz, la tambora y su corneta siempre desafinando nos remontan a algún pueblito mexicano donde la escuchamos por vez primera.
Me encanta que tengamos tantas manifestaciones musicales en las calles. Ahí en la Condesa donde todos nos reunimos a comer por lo menos una vez a la semana, pasan constantemente músicos callejeros que—aunque a veces nos rompen el tímpano y hasta nos dan ganas de decirles: “¿ a cómo se callan la hora?”—hay algunos otros que tocan magistralmente sus instrumentos. Sobre todo, aquellos que tocan en las orquestas sinfónicas y que siendo jóvenes y desinhibidos recorren las calles sin ningún pudor con sus ‘palomazos,’ haciendo las mieles de quienes los apreciamos y hasta un billetito les damos.
El clásico mariachi que llega a la casa de al lado tocando ‘La Negra’ o ‘Las Mañanitas’ haciendo que se me acelere el corazón al pensar que me traen serenata—y me digo, ni es mi cumpleaños ni tengo a nadie a quien inspirar tan sonora manifestación. Y ahí me quedo, disfrutando la serenata y hasta les chiflo o les grito que me toquen “La que se fue.”
Mientras reviso mis e-mails esperando grandes sorpresas y si no las hay, le pregunto cosas a mi amigo Google quien siempre me ilustra con su inmensa sabiduría, oigo a lo lejos: “¡el gaaas!” con el clásico tintineo de los tanques chocando entre sí y ese tan penetrante olor a propano que va dejando su aura al pasar.
Ese otro olor a leños ardiendo que percibimos al llegar a los pueblitos, ahora se reproduce en mi barrio gracias al restaurante uruguayo que a eso de las doce del día, prende su horno y nos complace y nos remonta a esos viajes de la infancia, donde elotes asados hacían nuestras delicias.
A eso de las dos de la tarde, pasa el vendedor ambulante de comida, haciendo sonar su corneta de aire, también muy peculiar y reconocible—la escucho a la distancia desde la otra cuadra y empiezo a pensar qué me hace falta: aguacates, semillas, chicharrón, salsa, queso o tortillas maneadas, y cuando suena a todo lo que da, hay que bajar en friega por si no hubiera más clientes, sin tener que gritarle mientras se aleja en su bicicleta: “¡Oigaaa, regreseee!” Es muy simpático y siempre me hace las cuentas en miles: “Un aguacate, veinte mil pesos, una docena de tortillas, diez mil pesos…” y por ahí se va en su millonaria cuenta.
Pues así suena mi tan querido barrio y éstos son sus aromas en un día cualquiera. Me imagino que debe ser igualito en muchas otras partes de mi México. Mis seres amados que viven lejanos deben de tener otros aromas y sonidos en sus nuevos barrios, sin embargo, han de añorar y evocar estos que son tan entrañablemente nuestros.
Belinda
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